Con perfil presidencial

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México, D.F.

Rodeado de escolares, el secretario de Educación Pública es otro. El analista que hasta agosto movía los hilos de México desde la jefatura de la Oficina Presidencial ha cambiado. Ahora, con solo 37 años, dirige la Secretaría de Educación y en sus manos ha caído uno de los grandes activos del mandato de Enrique Peña Nieto: la reforma educativa.

Al imponer la evaluación del profesorado, el concurso obligatorio y la apertura de plazas se han quebrado los privilegios sindicales, en Oaxaca, Chiapas, Michoacán y Guerrero, la poderosa y radical Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Enseñanza ha declarado la guerra a la norma. Tras varios meses de enfrentamientos, cuatro de sus dirigentes han sido encarcelados en una prisión de máxima seguridad.

En las próximas semanas, las evaluaciones docentes, uno de los puntos calientes de la ley, llegarán a los Estados del sur, y la bomba, volverá a estallar, Nuño lo sabe, y no está dispuesto a retroceder, “Si aceptan la reforma, habrá diálogo; si no, el Gobierno se mantendrá firme”, en ese espacio, el delfín de Peña Nieto ha decidido librar una parte de la batalla.

Cada lunes, sale de viaje y visita un colegio público, donde se funde con los pequeños y mantiene un exhaustivo cara a cara con padres y profesores, a quienes explica la reforma educativa e intenta espantar los miedos.

“La evaluación docente no está diseñada para castigar a los maestros, sino para saber qué estamos haciendo bien”, afirma Nuño.

“Quiero un diálogo sin filtros, vengo para escuchar, antes, las escuelas estaban al servicio del sistema, ahora es al revés; es la autoridad la que tiene que ir a la escuela”, añade.

El mensaje es claro, ha surgido una nueva faceta, el hombre de despacho se está transformando en un político de calle, que gusta del cuerpo a cuerpo, que busca convencer al auditorio.

Responde a los profesores y a los padres, le preguntan por la seguridad del barrio, los traslados, la biblioteca, los idiomas; casi nadie cuestiona la reforma, no es territorio hostil, pero tampoco tiene la partida ganada.