viernes, mayo 15, 2026

Escenarios

•El mulato del palacio
•De Otatilán pa’el mundo
•»El bola de ocho», ajá

Luis Velázquez


UNO. El Mulato del Palacio

El secretario General de Gobierno, Éric Patrocinio Cisneros Burgos, está dolido. Y, bueno, si puso en la cancha pública el trauma de su infancia y el peor trauma en la edad adulta, ta’ canijo.
Dice que lo «comparan con una bola de billar» por su geografía humana, pues en el tendedero, ya se sabe, le apodan «El bola ocho»
Y que en la infancia le hicieron bullying… por el color de su piel… cuando, caray, toda la civilización prehispánica, los olmecas la mejor raza de entonces, está poblada de negritud.
Pero que ya lo superó.
La vida pública, sin embargo, es así.
En el siglo pasado, por ejemplo, a los gobernadores les ponían, entre otros, apodados que siempre empezaban con la Ch.
Antonio M. Quirasco… el chato.
Marco Antonio Muñoz Turnbell… el chulo.
Fernando López Arias… el chueco.
Rafael Hernández Ochoa… el charro.
Fernando Gutiérrez Barrios… el chulo.
Patricio Chirinos Calero… el chiricuto, porque así le decían cuando fue soldado raso, tiempo aquel cuando los hijos de la pobreza tenían dos opciones para una vida digna. Una, el seminario, y dos, el Ejército.
Miguel Ángel Yunes Linares… el chucky.
Y en el caso de Cuitláhuac García, desde el fifí y sabadaba hasta el Cuícaras, y con lo que rompió la tradición cultural de las ches.
Y más, mucho más, en un pueblo de cara al Golfo de México, donde el fósforo bitacal alcanza elevados índices de bilirrubina para endilgar apodos a todos, como en Alvarado, por ejemplo, donde la Casa de la Cultura publicó un librito con los apodos de casi la mayoría de habitantes, pues a pocos, excepcionales, conocen con su nombre de pila.
Desde luego, el apodo es como el primer nombre de una persona. A veces, incluso, se hereda desde el tatarabuelo, el abuelo y el padre.
Bastaría referir, sin embargo, que José María Morelos fue el mulato más famoso de su tiempo a tal grado que, por ejemplo, Napoleón Bonaparte decía que con otro Morelos conquistaría el mundo.
Por eso, y aun cuando el apodo sea, quizá, demasiado duro para el secretario General de Gobierno, a mucha honra debiera sentirse, y por el contrario, hacer sentir más, mucho más su poder político.

DOS. La altura de un Estadista

En el mundo del bullying…, el sicólogo dice que entre más te molestas o encabritas porque te llamen por tu apodo…, más la gente «crece al castigo».
Por el contrario, se ha  de reaccionar con entereza y con una inteligencia cultivada, fina, exquisita, de altura, a la altura, digamos, de un Estadista.
Pero, bueno, el mulato del palacio ha demostrado que le duele el apodo, y los adversarios y enemigos de la 4T tendrán en su talón de Aquiles un pretexto para seguir pegando a la piñata.
Lo peor de todo es que «El dos del palacio» guarde rencor en el corazón, y de pronto, en la cumbre del poder reaccione con la violencia de un hombre ardido teniendo de su lado el aparato gubernamental.
Adolfo Hitler era payaso en los parques de su pueblo y cuando llego a Fuhrer mató a diez millones de judíos en las cámaras de gases… solo en Alemania.
Y Ernesto «El ché» Guevara vendía estampitas de la Virgen de Guadalupe en la Basílica de la Ciudad de México para comer y cuando estuvo en el poder cubano presidió el fusilamiento de los cubanos traidores, y sin clemencia.
Y es que la miseria y la pobreza, el bullying y los apodos, siempre marcan la vida de las personas.

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