Expediente 2020

92

Terror y pánico social

Por Luis Velázquez

El 31 de enero fue un día tibio y lluvioso. Tibio el sol cuando salió un ratito. Pero en Cotaxtla, los zopilotes olieron la muerte y sobrevolaban cerca de un par de cadáveres.

Además, los cuerpos estaban tirados a la entrada del basurero y que es un elemento químico atractivo y festivo para los zopilotes.

Los dos cadáveres estaban sin camisa ni camiseta. Uno, tenía el par de zapatos puestos. El otro, solo un zapato.

Y alrededor, bolsas blancas y negras con la basura pestilente.

Eran los cadáveres de un par de elementos de la Guardia Nacional “asignados a la tarea de seguridad en Veracruz” (Notiver).

El trascendido anunciaba que desde varios días anteriores, el par de elementos estaban reportados con faltas en la corporación.

Uno se llamaba Guadalupe Teodosio Olivares y era elemento de la secretaría de Marina Armada de México, comisionado en la Guardia Nacional, GN, en el mes de octubre del año 2019.

Y el otro, Juan Manuel Pérez Rincón, de la secretaría de la Defensa Nacional, adscrito a la GN.

Los dos cadáveres tenían huellas de violencia. Golpes. Disparos.

Y, bueno, cuando en la guerra de los carteles y cartelitos y las corporaciones policiacas (Guardia Nacional, soldados, marinos, Fuerza Civil y policías estatales y municipales), dos elementos, un marino y un soldado, son detenidos y asesinados y tirados los cadáveres frente a un basurero, caray, la vida social se llena de más temor y horror y pánico, porque se trata de palabras mayores.

Y es que si los elementos están para garantizar la seguridad en la vida y en los bienes y con todo y que estén expuestos a una emboscada, un secuestro, una desaparición, un asesinato, etcétera, ellos encarnan y simbolizan el orden público, y por eso mismo, “el miedo al miedo” como decía el poeta español, León Felipe.

En los últimos 14 meses y una semana de MORENA en el palacio de gobierno de Xalapa veinticuatro policías asesinados.

La vida, prendida con alfileres. Nadie está seguro. Nadie puede festinar que ya libró la ola de violencia. La vida, a la orilla del precipicio. La muerte acechando en la esquina.

SALDO DE LA MUERTE

“La muerte tiene permiso” intituló el escritor Edmundo Valadés una de sus novelas.

En Veracruz, por ejemplo, el saldo de la muerte es universal.

Al momento, más de dos mil quinientos asesinatos. Y en la lista negra, veinticuatro policías, entre ellas, mujeres. 23 políticos y líderes partidistas, incluso, de MORENA. Primer lugar nacional en feminicidios. 42 menores de edad, la mayoría de 17 años.

Diez activistas. Veinticuatro miembros de la comunidad sexual. Veinticinco taxistas. Cincuenta jóvenes. Y hombres maduros y ancianos.

También, el ajuste de cuentas entre los sicarios y pistoleros y escoltas de los carteles y cartelitos.

De ñapa, y para multiplicar el terror, cadáveres colgando de los puentes. Cabezas decapitadas colocadas en las mesas de bares y antros y arrojadas en la vía pública.

Peor tantito: mujeres secuestradas y con todo y que la familia pagó el rescate, asesinadas (se ignora si ultrajadas) y decapitadas y tirado el cuerpo por un lado y la cabeza por otro.

Y si a la numeralia anterior de la muerte se añade el asesinato de un marino y un soldado, miembros de la Guardia Nacional, entonces, el ciudadano común que todos los días vive con sencillez, exprimiendo la quincena para que alcance, tocando puertas para conseguir empleo, y soñando con una mejor calidad de vida, millones de veces ofrecida y garantizada por la elite gobernante, termina en el despeñadero, sin esperanzas y hasta con la resignación perdida por tanta violencia.

DUEÑOS DEL DÍA Y DE LA NOCHE

Con todo, los barones de la droga siguen como los dueños de la vida cotidiana. Ellos imponen la agenda pública. Ellos marcan la pauta. El Estado solo actúa de una manera reactiva, atrás de ellos.

En el caso de Veracruz, los carteles entraron con toda la violencia del mundo por Tampico Alto provenientes de Tamaulipas. Fue en el sexenio de Javier Duarte, aun cuando desde Patricio Chirinos Calero ya estaban aquí con bajo perfil. Manejando la droga de sur a norte del país, pero sin el tiradero de cadáveres.

En el puente que une a Veracruz con Tampico, por ejemplo, arrojaron doce cadáveres. Luego, en la carretera de Tantoyuca a Pánuco rafaguearon el primer autobús de pasajeros en el país, con una niña muerta en brazos de su señora madre.

Y de ahí siguieron caminando al resto de la entidad hasta adueñarse por completo del día y de la noche.

Nadie ha olvidado ni olvidara la alianza de los políticos, jefes policiacos, policías y carteles para desaparecer personas, por ejemplo, y para crear las fosas clandestinas, la más famosa, Colinas de Santa Fe, en el puerto jarocho.

Y si con Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto el país quedó sembrado de más de cuatrocientos mil cadáveres, ahora con la Guardia Nacional en el tiempo obradorista, la vida está igual o peor.

Y peor, cuando están matando a soldados y marinos asignados a la Guardia Nacional.

Se dirá que en una guerra los muertos son lógicos y normales, pues nadie asiste a un día de fiesta o de campo.

Pero que los elementos oficiales sean las víctimas baja la guardia a cualquier ciudadano porque significa que los malandros son más, o más poderosos, o más expertos o están mejor armados…