NOVATADAS
1ª parte
j.cruzsantes
Cuando llegué al puerto de Veracruz a estudiar en la Facultad de Medicina Miguel Alemán Valdez dependiente de la Universidad Veracruzana, la cosa no fue fácil.
El 8 de diciembre de 1964 alrededor de las 10 de la noche recibí mi diploma de bachiller en el estrado del enorme cine de la sección 30 del sindicato petrolero vestido, de traje y corbata como decía papá arropado con toga y birrete. A diferencia del traje que usé al terminar la primaria, que fue prestado, para ésta ceremonia él me lo compró. Saco y pantalón azul marino a mi medida, corbata rojo mate sobria y elegante.
A los pocos días partí al bello puerto, cuna de mi padre, donde mi tía Esperanza, su hermana, me esperaba para darme alojamiento en su pensión de estudiantes universitarios, la mayoría de ellos de medicina y odontología. Ambas Facultades a dos cuadras de la casa.
Fui en busca de requisitos de ingreso, el principal de los cuales era pasar el examen de admisión. El pago de aranceles y demás papelería como acta de nacimiento, cartilla y comprobantes de estudio era pan comido. Aquél se haría a principios de enero de 1965 en el aula magna de donde saldrían o saldríamos, dijo el otro, los aceptados. No recuerdo cuantas solicitudes de ingreso hubo, pero si recuerdo que fueron tantas que hubo protestas por las pocas plazas, de tal suerte que para el primer grado se abrió un quinto salón; el primero “E” para sesenta alumnos como los demás grupos.
Salvado el escollo del examen, ahora había que ver cómo me iba a mantener, porque si bien es cierto que mi tía Esperanza asistía a estudiantes había que pagarle, aparte de los gastos de transporte de Poza Rica al puerto de Veracruz, que ya se estaban haciendo.
Para esto, papá tuvo que echar mano de las escrituras de nuestra modestísima casa que empeñó con un prestamista usurero de Gutiérrez Zamora, mi tierra natal, por la cantidad de dos mil pesos y de los que puntualmente cada mes pagaba fuertes intereses. Papá nunca pudo saldar la cuenta. El prestamista exigía pago total o pago mensual de intereses. Y así habrían de pasar seis años para que la deuda fuera saldada por mí, con los ahorros que me permitió mi exiguo sueldo cuando hice mi internado rotatorio de pregrado en el hospital, una vez que hube terminado mis estudios en el aula.
¿Ha cuánto equivaldrían esos dos mil pesos a los tiempos actuales? Es difícil saberlo. Pero una idea aproximada es comparar lo que para entonces me alcanzó ese dinero y lo que costaría obtener hoy lo mismo. Fueron el pago del boleto del ADO de Poza Rica a Veracruz, el pago de un mes de pensión, un mes para gastos menores y el pago de inscripción y colegiatura, que para decir verdad, fueron baratísimos, como han sido hasta el dia de hoy. ¡Ah! y una camisa.
Cuando llegué a Veracruz puerto para quedarme sentí que era la primera y definitiva vez para no regresar a vivir con mi familia. Nunca me había separado de ella y ahora, de momento, de un día para otro me sentía desprendido de lo único que era mío. Pero a los casi 19 años de edad – nací el 19 de marzo de 1946- salí en busca de mi destino.
Aquel día de mí partida probablemente el primero o dos de febrero salí con mi maleta, una caja de cartón, bien amarrada con mecate de tendedero, con tres pantalones, tres camisas, una de ellas nueva, igual número de playeras, cuatro pares de calcetines y dos pares de zapatos recién remendados y lustrados.
De pie, en el vano de la puerta de la casa mamá se enjugaba con su delantal sus lágrimas al tiempo que yo abordaba un taxi que me llevó a la estación. No pude impedir que también mis lágrimas rodaran, y solamente hasta que el auto tomó otra calle dejé de verla. Sólo recuerdo que papá fue el único que me acompañó a la terminal de autobuses y allí, estrechados en un fuerte abrazo, su emoción contenida se desbordó. Le di un beso en su mejilla como siempre acostumbré y partí.
Ocho horas después llegué a Veracruz. La carretera de la costa que ahora se recorre en tres no era utilizada con frecuencia por las líneas de autobuses; seguramente por escasez de pasaje por lo que había que dar la vuelta por Martínez de la Torres y Jalapa, con paradas en cada pueblo y a la espera de la panga para cruzar el río Tecolutla.
Cerca de las once de la noche, hambriento, cansado y somnoliento, toqué la aldaba del portón verde e inmenso de la pensión de mi tía Esperanza de la calle 20 de noviembre número 197 y cuando me abrió, solamente atiné a decir:
Ya llegué.
