sábado, mayo 9, 2026

COSAS DE MI PUEBLO

RECORDANDO A PAPÁ

J.CRUZSANTES

En memoria de mi papá, José Cruz Gómez.

Nos contó a sus hijos que él nació como Pancho López: en 1906. Pero a diferencia del niño de la canción no nació en un petate ni bajo un ciprés, sino arrullado por las olas del mar del puerto jarocho de Veracruz en el famoso barrio de la Huaca. Allí creció hasta su pubertad. En el muelle, con la canasta de dulces que la abuela hacía, se ganaba la vida ya que viuda de mi abuelo, a quien papá no conoció porque aquél murió a los veintisiete días de nacido, solamente tenía la opción de trabajar para comer.

Presumía que había estudiado hasta el quinto año de primaria en la única escuela de la calle Salvador Díaz Mirón cerca del parque Zamora, que conocí antes de entrar a la Facultad de Medicina en 1965; más de medio siglo después. Desde la banqueta y a través de la ventana del aula que da a la calle, me señaló con su índice derecho el sitio de su asiento. “Siempre adelante y en el centro del salón”. =No reprobé= contestó cuando le pregunté el porqué repitió el quinto año de primaria. Me respondió: = es que no había más, la primaria terminaba en el quinto grado y la Revolución con trabajo dejaba estudiar, y como la escuela me gustó, entonces repetí. Siempre saqué excelente= decía con orgullo.

Contó que cierta vez su mamá lo regañó sin rezón según me dijo, por no haber vendido todos los dulces a pesar de haberlos ofrecido con el gusto de siempre. Sin embargo, mi abuela Margarita, mujer de carácter firme y luchadora, exasperada por la carencia del dinero de una buena venta, tomó la abrupta decisión de correr a papá de la casa: “Te me largas de la casa que no te quiero de holgazán”. Algo así habría dicho la abuela y papá se fue.

Al paso de tres días papá no daba señales de vida y la abuela, madre al fin, llorosa empezó a buscarlo. Primero, en los muelles, restoranes y probablemente cantinas que por ahí ofrecía los dulces mi papá. Luego en los lugares donde nadie quiere encontrar a un ser querido: la Cruz Roja, los hospitales y la cárcel. En ninguno de esos estuvo. Al quinto día de no encontrar a su hijo a la abuela se le ocurrió ir a preguntar por él a la escuela y allí lo encontró. “– Desde que usted me corrió de la casa no he faltado un día a clase” le dijo. Ella lo abrazó, lo besó y regresaron a su humilde casa. – Esa noche cené como nunca- me dijo papá – porque mi mamá me preparó la rica sopa que más me gusta: frijolitos sancochados con arroz y tortillas hechas a mano, tal vez arrepentida por lo que me hizo. Terminó riendo.

Cuando su mamá casó con don Pedro, un español catalán, emigraron a Xicaltepec, un pueblo en la montaña cercano a Nautla que visité con él cuando yo contaba mis treinta años y cuya historia de ese momento merece relato aparte que algún día será contada, y donde don Pedro, que así llamaba él a su padrastro, tenía la tienda más grande de la región, que como se acostumbraba antaño, las tiendas vendían de todo. Desde frutas, verduras, carnes de ultramarinos, hasta telas, llamadas entonces “géneros” y calzado de trabajo y para dominguear. Allí creció e hizo sus primeras travesuras de pubertad y de primera juventud.

Para entonces ya había escrito cientos o tal vez miles de poemas y de otras historias, porque, como él decía, desde muy niño le gustó leer y escribir, que pasados los años, con los poemas que pude recopilar le edité un libro como regalo por sus setenta años de vida.

-Soy poeta y escribo mucho, soy prolífico me decía. Y era cierto. Recuerdo que cuando se recostaba a descansar un rato después de caminar todo el día vendiendo sus retratos, lo veía que con los dedos de su mano derecho iba contando las sílabas de las palabras para ajustar la métrica de un soneto, un epigrama, una décima o un Romance.

“Todo lo escribí en una libreta grande como las que se usan en contabilidad” me platicaba, nada más que mi hermano Pedro, decía con cierta nostalgia, el más enamorado de todos, para conquistar a una mujer solamente le bastaba con arrancar una hoja de mi libreta de poemas y regalárselo a la novia, y así se perdieron muchos versos, decía papá. Unos rescataron de su memoria, otros, desgraciadamente se perdieron.

Casi treintañero regresó al puerto de Veracruz para hacerse empleado de la compañía Singer, la compañía de máquinas de coser, como agente vendedor viajero. Así llegó a Gutiérrez Zamora donde conoció a mi mamá, casó con ella y tuvieron seis hijos: tres mujeres, dos hombres y yo (espero que se entienda el chiste). Para entonces había sido tendero, nacatero, vendedor de dulces en el muelle, dependiente de un puesto de frutas y verduras en el mercado del puerto y poeta, entre otras cosas. También se hizo bilingüe, aprendió el totonaco que le facilitó la venta de las máquinas de coser en Papantla. Fundó dos escuelas y cinco logias masónicas, fue Gran Maestro grado 33 y aparte de los poemas escribió un montón de artículos periodísticos. Me vio llegar a médico, su más íntimo y grande deseo y murió en paz consigo mismo y con los demás.

Descansa en Poza Rica donde vivió más que donde nació, junto a mamá. Sobre su tumba mandé a inscribir en una lápida de mármol uno de sus poemas que siempre me dijo desearía estuviera sobre su tumba. Es un poema de más de cincuenta versos que después de cuarenta años de inscrito se conserva legible.

Pasados los años fui con mi hermano Nino a visitar su tumba y no pudimos dar con ella sin ayuda. Después de casi una hora de buscarla por donde creímos que debía estar, no me quedó de otra que preguntarle a uno de varios sepultureros si conocía una tumba con una lápida inscrita con un poema, y sin pensarlo de inmediato me contestó: – ¡Ah sí! el que dice “El día que yo muera do vayáis a enterrarme…” ¡Sí! Dije emocionado. – Vengan, síganme, nos dijo, y directamente nos llevó a su tumba.

– ¿Cómo es que te sabes de memoria el poema de mi papá, le pregunte exultante con los ojos húmedos y me dijo: desde hace años cuando tengo tiempo por las tardes me siento frente a la tumba de su padre a leer esa poesía y ya me la aprendí. Yo quiero que así pongan algo sobre mi tumba. Algo que algún día escribiré, como su papá. Me gusta leer y escribir. Me dicen por apodo “El Profe” porque estudié solamente dos años de la normal. No terminé porque una mujer se me atravesó y me enamoré de ella. Nos casamos, tengo tres hijos, dos varones y una muchachita y me hubiera gustado conocer a su papá…”

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