HABLEMOS DE…

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EL GUAJOLETE QUE ÉL DESEABA
J.CRUZSANTES

Gilberto Domínguez León es un conocido, atento y acertado médico que cae bien a sus pacientes
y además, es muy solicitado. Como sabe ganarse la voluntad de sus enfermos y familiares
frecuentemente es halagado con obsequios disímbolos. Unos, humildes y otros no tanto. Mas,
todos entregados de corazón. Recibe de ellos dos o tres regalos semanales y esto hace que su
tocador personal luzca cuatro o cinco aguas de colonia, una loción para después de afeitarse y una
que otra camisa dominguera. No faltan, desde luego, las naranjas y las frutas de estación, la
gallinita y la canasta de huevos. Hace 15 días, Gilberto recibió un regalo muy apropósito para estas
fiestas decembrinas, que, además de halagarlo, hizo que inmediatamente al recibir el obsequio
pensara que la carga económica de la cena navideña se iba a aligerar, porque, con el obsequio de
un guajolote doble pechuga que sopesaba, pensó que cuando menos iba a tener comida para una
semana más, a partir de la noche buena. Tan grande, sano y hermoso estaba el animal que
Gilberto desde ya, deseaba que el 24 fuese ayer. El traslado del guajolote desde su consultorio
hasta su casa fue una mezcla de viacrucis y carnaval, porque, para empezar, ningún taxista accedió
en primera instancia a llevarlo con su carga, y luego, uno que otro pedía pago triple dizque porque
ensucian y limpiar cuesta. En los intentos entre uno y otro taxista, el guajolote se escapó de entre
sus manos y aquél salió corriendo y volando entre los autos y cabezas de los transeúntes. Uno de
ellos que pasaba por allí, lo sujeto del mecate anudado de una pata y creyendo que era maná
caído del cielo ni tardo ni perezoso se lo metió bajo el brazo y salió corriendo con el totol. Si no
hubiese sido por la destreza de Gilberto que se lanzó a las piernas del sujeto, este sería el
momento que la cena de navidad fuera para otro, menos para mi amigo. Al llegar a su casa,
Gilberto le dijo a Alicia, su espesa: -ahí en el patio deje un guajolote como de 8 kilos, dale su agüita
y un poco de maíz, que ahora el 24 nos lo vamos a comer relleno y al horno. Por favor cuídalo de
las miradas indiscretas de los vecinos. No vaya a ser el diablo. -Pierde cuidado “viejo”, dijo Alicia
entre amorosa y escamada, conociendo el genio de su marido. Ahorita lo llevo al patio de tu mamá
para que el animalito retoce a su antojo y así engorde un poco más. Dicho lo cual pasaron los días
mientras el guajolotito se ponía más hermoso. Mientras tanto Gilberto platicaba a todo aquel que
quisiera escucharlo que ya tenía para su cena de navidad un hermoso guajolote, que a la sazón
empezó a llamar “pavo” por aquello de que es de más caché. –mira, opinó alguien, una semana
antes de navidad empieza a darle de tomar vino blanco reserva del 81 para que su carne se
impregne y sepa más sabrosa. No. Replicó alguien más, agregado al vino dale de comer nueces y
piñones, así la carne “amarra” como dice Paco, el de la tele. Bueno, agregó Gilberto, además de
todo eso dos días antes lo voy a inyectar en sus muslos vino rosado y coñac; así, para el 24 este
pavo va a estar de rechupete. Pero, como sentencia el dicho popular que uno pone, Dios dispone y
llega el diablo y todo lo descompone, eso precisamente pasó a mi amigo Gilberto. Cierta tarde,
cuando él regresaba de su trabajo cansado y hambriento, vio que su querida mamá desplumaba y
destripaba al guajolote. -¡¿pero qué pasa aquí?! Gritó Gilberto. ¡¿Por qué mataron al guajolote?!
¿Acaso murió de tristeza o algún malandrín le retorció el pescuezo? –No, dijo su mamá. Nada de
eso hijo, lo que pasa es que este animal daba mucha lata:- que picoteaba las plantas, que

ensuciaba la ropa del tendedero, que se hacía caca por todos lados, que se brincaba la cerca. En
fin, que ya no podía con él y decidí torcerle el pescuezo. Ante tal circunstancia, cualquier lamento
hubiese sido inútil cuanto innecesario por irremediable, por lo que Gilberto sabiamente optó por
callar y lamentarse que para el 24 ya no iba a comer pavo. No cuando menos este pavo al que él se
había imaginado impregnado de vino blanco y rosado, nueces, piñones y coñac porque como él
dijo, para entonces, un pavo refrigerado no sabe igual. Pero lo que Gilberto no sabe es que en mi
casa, que es su casa, ya tenemos un guajolotito que desde hace un mes tengo en terapia intensiva
de ingesta con los mejores vinos mexicanos, nueces y piñones de los que venden en el primer
cuadro de la ciudad, y él y su familia van a ser mis invitados de honor. Así, para el próximo 24 él y
yo salimos ganando. Menos el pobre guajolote que en esta fecha saldrá perdiendo.
j.cruzsante