ACUÉRDATE
j. cruzsantes
Dedicado a mí amigo el poeta Rubén García Austria. Tomo prestado el título y el desarrollo de la historia de uno de los cuentos más hermosos de Juan Rulfo, este año que cumpliría 100 de vida.
Sí te acuerdas cuando en el receso entre clase y clase en la prepa íbamos a la Choperena a tomar un café. Tú, un café americano ferviente y humeante como debe tomarse esa infusión y a veces, sin azúcar, como dicen los que saben que así también debe degustarse. Yo, un refresco de cualquier fruta de estación o embotellado; que sentados en una mesa cerca de la rocola me pedías prestados veinte centavos para echárselos para que tocara el disco con la canción de moda de aquél ritmo recién nacido que antes llamábamos rock and roll, con la intención de impresionar a todas las chicas condiscípulas de la prepa que allí se reunían , y nos vieran – mejor dicho – te vieran, siempre impostado, con camisa de manga larga y abrochada hasta el cogote, a pesar del calor intenso de verano de nuestro Poza Rica. Cómo no te haz de acordar, si no fue una sola vez, fueron casi todos los días de clase durante los años que fuimos preparatorianos.
Allí sentados, invariablemente sacabas tu Raleigh y lo encendías casi con ritual budista, y de la carpeta negra de plástico con garras de alambre en la que se ensartaban las hojas de máquina partidas en dos, escribías tus notas de clases y tus poemas. Hacías como que escribías y tu mirada se perdía en el infinito como en espera de que la inspiración te llegara. Pero no. La inspiración no te llegaba en ese momento porque ese era solamente para flirtear con las muchachas. De eso también te has de acordar porque de esa manera y de muchas otras, todos se enteraron que eres poeta.
Yo me acuerdo, y tú también te habrás de acordar, que junto con otros amigos – entre ellos Rogelio Velasco- a menudo nos reuníamos para escuchar música clásica en uno de los primeros tocadiscos portátiles estereofónicos: que Beethoven, que Mozart, Tchaikovski, Chopin, Berliotz o Wagner que nos dejaron para el resto de la vida el gusto por esa música que hoy cada vez se escucha menos. Y sí, te has de acordar de María Isabel, la más hermosa condiscípula de toda la prepa que te traía de un ala, y que entre tú y yo le escribimos un poema. Tan hermosa la parte que yo escribí que siempre dijiste que yo no la había escrito, sino mi papá; pero te convencí que era mío, hasta que te confesé que ciertamente lo plagié de papá. Cómo no te habrás de acordar si ya de grandes – iba a decir “de viejos”- hemos platicado sobre ella y de algunos pecados de nuestra juventud.
Rogelio también sufría los amores y desamores de sus Desdémonas y de ellas obtenía cuando menos, una mirada tierna porque pocas le entregaron el corazón, que a mi ver, si lo merecía. Y en eso te llevaba ventaja: sus poemas eran miel pura y su voz, tan rica y melodiosa que cada vez que cantaba esos tangos, a más de una le arrancó un suspiro. Yo sí me acuerdo y tú también te habrás de acordar, porque recuerda que cuando veíamos a Rogelio con la cabeza gacha y los ojos de borrego a medio morir es que ya lo había prendado alguna Dulcinea, que así llamaba a sus conquistas.
De seguro sí te acuerdas cuando ingresamos como “Ajef” – a la Logia masónica Fe, luz y verdad de la que mi padre fue fundador, y de la iniciación que nos hicieron como “Jóvenes Esperanza de la Fraternidad” llena de símbolos y misterios que me turbaron un poco pero de los que sobreviví del miedo al ver espadas amenazantes, de tener los ojos vendados y de haberme acostado dentro de un ataúd. Cómo olvidar ese momento esotérico que nos ingresó a los terrenos de la filosofía y que después medianamente cultivé.
¿Sí te acuerdas, verdad? Y también te habrás de acordar que íbamos casi todos los días por las mañanas a la Logia a estudiar y hacer la tarea para las clases de la tarde y aprovechábamos para una partida de ping pong en la sala de descanso de la propia Logia; y el tiempo nos alcanzaba para pulir los poemas que nos brotaban como hongos de nuestras mentes ávidas de todo.
Yo me acuerdo de muchas otras cosas de aquélla nuestra vieja juventud. Quiero decir de esta forma, que esa juventud que compartimos con alegría y sin dolores ya se hizo vieja porque ha pasado más de medio siglo. Pero no importa, porque sí te has de acordar que contribuiste con tus letras a que mi alegría de hijo se acrecentara cuando hace apenas cuarenta años escribiste un poema a manera de prólogo en el libro Lirismo, que le publiqué a papá cuando cumplió sus setenta años, de poemas que pude recobrar de archivos regados y de los que él me declamaba. Prólogo y poema que él alabó por tu explosiva veta de poeta que ya entonces hacías notar. Acuérdate.
j.cruzsantes. 26 de junio del 2017
