SIMITRIO Y EL MAESTRO XIQUE
J.CRUZ SANTES
A mis queridos amigos, amigas, lectores todos: tengo escrito una serie de artículos sobre mi vida escolar desde la primaria a la prepa hasta la universidad. Quiero aburrirlos con 4 o 5 de ellos. Así que con el permiso de ustedes les enviaré uno semanal a partir de hoy.
Aquí va el primero.
Gracias por su comprensión. J.cruzsantes
Conocí a Simitrio en una vieja y hermosa película mexicana. Es su vida la de un escolar de diez años de edad. Él iba a la escuela rural de un pueblo olvidado de la mano de Dios y era el más travieso de la clase. Simitrio no existía en la lista del maestro pero siempre estaba presente en el aula. Él era cada uno de los niños que con sus propias travesuras acusaban a Simitrio de todas las maldades que hacían al pobre maestro casi ciego y bonachón, que por su cortedad de vista y edad, tenía que aguantar la indisciplina y bromas de sus alumnos.
Simitrio me hizo recordar a mi maestro Xique que me dio clase de música en la secundaria y al que toda la escuela llamaba despectivamente “chiquis”.
Era él, en cierta forma, parecido al maestro de Simitrio. Xique era incapaz de enojarse con algún alumno y no levantaba jamás la voz. Bajo de estatura y delgado; de pelo relamido y echado hacia atrás; vestido siempre con pantalón negro o de cualquier tono oscuro, y camisa blanca invariablemente abrochada hasta el cogote como preparado para tocar en la orquesta sinfónica de Xalapa a la que en su momento perteneció. Indio totonaco que no lo era del todo, sino mestizo, a juzgar por el origen español del apellido Xique, entraba puntual al salón con su violín en ristre a la una de la tarde.
Al llegar, el bullicio ensordecedor de toda la clase era su bienvenida que no terminaba hasta cincuenta minutos después al sonar la chicharra que marcaba el fin de clase. Nunca se sentaba porque su silla siempre rodaba por todo el salón al tiempo que el pizarrón estaba lleno de garabatos pintarrajeados por cualquiera. La lista de asistencia la dejaba inconclusa porque nadie decía “presente” o porque algún inconsecuente se la arrebataba de las manos.
Casi era una orden pedirle que tocara el violín. Él lo hacía con gusto, tanto porque así gustaba y porque con música nos enseñaba, tanto más porque de esa manera aseguraba que su violín no pasara de mano en mano chirriando notas lastimeras arrancadas por manos burdas y tontas. Mas, era inevitable que el estuche corriera por el piso cuando él se volteaba a trazar el pentagrama en el pizarrón.
Todo esto en una época en que la falta de respeto a un maestro por parte del alumno era impensable y, de haber sucedido, seguramente sería severamente castigada.
El maestro Xique fue violín concertino en sus años mozos. Pero los alumnos nunca supimos darle valor a su arte ni lo respetamos como persona ni como maestro. En cierta ocasión lloró en clase por decepción y amargura por esa falta de respeto que se repetía diariamente en toda la escuela y en todas las horas de sus clases. Aun así nunca faltó a una sola de ellas durante los 30 años que fue maestro. Así fue su vida y su necesidad.
Al maestro Xique era al único que se le hacía bulla y se le faltaba al respeto. Todo, porque la “bocha” que era el prefecto de la escuela y comodín de maestros que no llegan a su hora, de parecido físico asombroso al cómico Capulina, era el que por encargo de la dirección de la escuela nos azuzaba para tan desagradable y estúpida labor, con el insano propósito de hacer dimitir al maestro para que al renunciar no se le pagara su indemnización.
Triste historia de mi maestro Xique a quien la ignorancia o tal vez la inocencia reprochable de los alumnos, desconocedores todavía de los vericuetos de la vida, éramos usados para dirimir problemas laborales. Humillamos e hicimos llorar a un maestro por algo ajeno a la enseñanza que se nos hacía divertido e intrascendente.
Xique y Simitrio siguen siendo dos amigos que a diario se ven en la escuela. Ambos luchando por la vida y a los que yo admiro con profundidad porque puedo presumir, si se me permite decirlo, que fui maestro universitario por décadas.
j. cruzsantes
