miércoles, mayo 6, 2026

COSAS DE MI PUEBLO

LA CALLE SABINO

j.cruzsantes

A mis siete años aún no cumplidos a papá le ofrecieron que pagara el terminado de una pequeña casa en construcción a la que faltaban dos paredes, el techo, el piso y, desde luego el baño, puertas y ventanas. Propuesta a la que papá dio el sí sin pensarlo mucho dado que donde vivíamos le iban aumentar la renta. Si aceptaba el ofrecimiento no pagaría renta por cinco años con la condición de que después de ese tiempo pagaría mensualmente la mitad de una renta normal por otros tres años pero los beneficios de la construcción quedarían como ganancia para doña Elvia, la dueña del terreno y de esa inconclusa construcción.

Así fue que de la colonia Flores Magón en Poza Rica, pegada al centro de la ciudad, nos cambiamos a la calle Sabino de la colonia Chapultepec o la Chapulina, como la nombraba papá,  a dos kilómetros en línea recta del centro de la ciudad.

Al paso de los años – no muchos- la señora Andrea, vecina en contra esquina, dueña de la casa más grande y bonita de toda la calle,  ofreció en venta un terreno que casualmente estaba pegado al de la casa que papá iba a terminar. Después de una aguerrida negociación las partes se pusieron de acuerdo y la compra se realizó de manera antigua: abonos fáciles y pagos difíciles a liquidar en tres años. Para ese entonces, hace más de medio siglo, 67 años para ser exactos a la fecha de hoy,  no existían devaluaciones anuales ni alza de precios abruptos. Recuerdo bien que el dólar se cotizó por años en 12.49 pesos comprador; 12.50 pesos vendedor, según rezaba textualmente el cartel o poster, como dicen hoy, pegado en la ventanilla del Banco. También durante años mi tía Julieta nos daba veinte centavos para gastar en el recreo a eso de las 11 de la mañana, cuando el pocillo de café y la pieza de pan del desayuno ya se habían bajado. Alcanzaba holgadamente para comprar 6 enchiladas de tomate a 3 enchiladas por 5 centavos y un vaso de horchata de arroz de medio litro de 10 centavos. Así, de esta manera, porque la moneda era estable, papá tenía una deuda exenta de intereses y devaluación.

En el   terreno, de cuatrocientos metros cuadrados papá construyó una modesta casita también a la usanza antigua: el frente exactamente en los límites del patio y la calle- no de la banqueta porque no había- de tal manera que los peatones veían el interior. Construida de madera de pino y techo de láminas de cartón enchapopotado. Esta palabra es el  participio de  “enchapopotar”  cuyo origen  náhuatl “chapopotli” se refiere a  una resina derivada del petróleo  que es impermeable al agua y que por efecto de la resequedad que le producen los rayos del sol se cuartea y por esas rajaduras se trasminaba el agua de lluvia, por lo que en los temporales no alcanzaban las tres cacerolas de la cocina de mamá ni las cubetas para atajar los chorros de agua ni había un lugar sin goteras que nos permitiera refugio para no mojarnos.

Las calles de mi colonia Chapultepec tienen nombre de árboles: nogal, ébano, ciprés, palma, eucalipto, chijol, álamo, chopo, entre otras. La calle de la casa fue la Sabino y el número el 306 siguiendo la nomenclatura francesa instaurada por Napoleón Bonaparte e inaugurada en Paris, que consiste en tomar como referencia y punto de partida el centro de la ciudad enumerando cada cuadra de 100 en 100. Es decir, la primera cuadra son los que llevan 100; la segunda, 200; la tercera 300 y así sucesivamente. Al tiempo que la numeración del lado izquierdo es non y par en el lado derecho.

El frente de la casa miraba al norte; atrás,  al sur; el este a la derecha y la izquierda al poniente. Recuerdo a mi padre como se lo estuviera viendo en este instante que parado en medio de la calle enfrente de la casa después de semanas de intenso frio y de chipichipi menudo y pertinaz de los meses de invierno, cuando el rubicundo febo, como así llamaba al sol, ascendía por el cielo seguía exactamente la dirección de la calle y enfundando en su gruesa chamarra de lana y su boina de español, se ponía a leer su periódico para que lo calentara.

La calle Sabino al igual que la inmensa mayoría de las calles de Poza Rica no estaba pavimentada. No al menos con cemento pero sí con zacate, yerba,  basura y lodo, y uno que otro charco de aguas negras. Escasamente circulaban coches, solo lo hacían los camiones pesados de Pemex y los vendedores de jícamas y cocos que cargaban la fruta en carretillas. Por eso, la calle fue nuestro campo de beisbol y lugar para jugar al trompo, las canicas y otros juegos que los niños de hoy no conocen.

El árbol sabino también es conocido como ahuehuete, del náhuatl “atl”: agua y “huehuetl” viejo: árbol longevo, aunque también repetido el hue hue significa grande o muy grande. Atl tiene que ver con la propiedad del sabino de crecer a la orilla de los ríos. Como el legendario “árbol de la noche triste” que según la historia fue en un ahuehuete o sabino, donde Hernán Cortés lloró su derrota que los mexicas le infringieron y que conocí con mi hermano Nino cuando papá nos llevó a la otrora Gran Tenochtitlan que está en la calzada México-Tacuba. Casi 500 años después aún reverdecía. Francisco Martin Moreno, historiador de renombre, dice que no debería llamarse la “noche triste” porque, si el genocida Cortés lloró por ser derrotado por los mexicas, debería llamársele cuando menos “día glorioso de Moctezuma” o algo afín, porque de la actual manera más bien parece que nos condoliéramos de Cortés y no de nuestros ancestros.

Mientras papá nos explicaba la historia de ese episodio (mi padre conocía bien la historia de México: la oficial y la otra)  mi hermano Nino le preguntó inocente: ¿y de qué lado del árbol lloró Cortes? No recuerdo la respuesta de papá pero pienso que no existió ningún Cortés chillón. Pienso que aprovechó el árbol para echarse una “medalla”  y para esconderse tras el secuestro que hizo de Moctezuma del que ya había robado su tesoro para convertirse así en el primer invasor y saqueador de la historia de México. Y como dijera Antonio Plaza: un siglo plagia a otro siglo. O lo que es lo mismo: todo sigue igual… o peor tantito, como dijera don Teofilito.

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