Expediente 2019

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El Jefe Máximo

Luis Velázquez

15 de agosto de 2019

Para el gobernador de Veracruz, lo único importante es quedar bien con el presidente de la república. Y para los secretarios del gabinete legal y ampliado del gobierno estatal, la razón fundamental es ganarse la confianza del góber. Así, la vida gira y el desencanto social se ha multiplicado en los últimos 8 meses.

El góber vive para AMLO. En el sexenio de Javier Duarte, el secretario de Educación, Adolfo Mota Hernández, lo describió de la siguiente manera:

“Un menosprecio de usted es peor que el menosprecio de mi esposa”.

Nada ha causado tanta felicidad al góber, por ejemplo, como el vitoreo y la levantada de mano de AMLO en sus giras en Veracruz.

Nada, claro, lo mortificó tanto como la última visita de AMLO cuando ni siquiera, vaya, lo invitó a la camioneta presidencial ni menos, mucho menos, lo vitoreó en público como en otras ocasiones, incluso, hasta en la rueda de prensa mañanera en la ciudad jarocha.

Desde la era priista, tan larga y extensa, el presidente de la república era el jefe máximo. El tlatoani. El gurú. El tótem.

Y a su alrededor fue creada y cimentada la cultura de la sumisión del resto de los políticos, desde el gabinete legal del presidente hasta los gobernadores, pasando por los Poderes Legislativo y Judicial.

En ningún momento, la práctica inició, digamos, con Plutarco Elías Calles, el fundador del Partido Nacional Revolucionario, el PNR, abuelito del PRI, sino con Antonio López de Santa Anna.

Fue hacia el año 1835, cuando Santa Anna (once veces presidente de la república y tres veces gobernador de Veracruz) cambió la Constitución para establecer un gobierno centralista y en donde el presidente nombraría por dedazo a todos y cada uno de los gobernadores.

La locura imperial y faraónica se concitó con Lázaro Cárdenas, quien de un plumazo cambió a todos los gobernadores y jefes militares nombrados por Elías Calles.

Luis Echeverría Álvarez alcanzó “la plenitud del pinche poder” cuando deseando imponer como gobernador de Sonora a Carlos Armando Biebrich, entonces, de 28 años de edad, cambió la Constitución para cambiar la edad.

De un plumazo también, Carlos Salinas de Gortari cambió a diecisiete gobernadores, algunos de los cuales ascendidos a un cargo público superior.

Aquella histórica cultura política predominó y se multiplicó con los sexenios. Ahora, en la llamada por decreto Cuarta Transformación, tiempo, ajá, de la austeridad republicana, AMLO, el presidente de la república, conserva para sí todo el poder político, social, económico, educativo, de salud, de seguridad y de justicia.

Claro, está disfrazado con alguna independencia y autonomía de los otros poderes.

Pero como aquella cultura vive y domina en el ADN del país y en el subconsciente y el inconsciente, el jefe es el jefe, y como dice el decálogo vendido en el mercado popular, “al jefe nadie lo rebasa, ni siquiera en carretera”.

Por eso, el góber jarocho de MORENA solo vive alrededor de AMLO.

AMLO ANTE SU GOBERNADOR JAROCHO

AMLO es el tlatoani. Una voz suya, una sonrisa, un abrazo, un apapacho, una deferencia, un vitoreo, sirve para la felicidad total y absoluta de todos y cada uno de los subalternos.

AMLO, por ejemplo, habló, y los secretarios del Medio Ambiente y de la poderosa secretaría de Hacienda y Crédito Público fueron destituidos.

AMLO habló y quedó cesado el súper delegado federal de Jalisco, quien luego luego aposentado en el cargo traficara influencias para vender medicinas por asignación, vil dedazo, al gobierno de Veracruz.

AMLO habló y Elba Esther Gordillo fue dejada en libertad. Y Napoleón Gómez Urrutia fue canonizado como senador de la república y hasta fundó su central obrera… para, digamos, desbarrancar a la CTM.

AMLO habló y el tema de los migrantes fue quitado a la secretaria de Gobernación y transferido al secretario de Relaciones Exteriores, inminente candidato presidencial de MORENA en el año 2024 según lo descubriera el tabasqueño Juan José Rodríguez Pratts.

La vieja cultura del sistema político priista del tlatoani fue adoptada por el PAN y el PRD en las gubernaturas usufructuadas y ahora también por MORENA.

Está en el ADN mexicano, tiempo del siglo pasado, vigente hoy, cuando en los periódicos existían tres figuras intocadas y sagradas, como eran (y todavía) el presidente de la república, el Ejército y la Virgencita de Guadalupe.

Por eso, el góber jarocho está en la línea. Y en cada informe y cada gira le endulza el oído y le tira miel.

Pero otra es la realidad avasallante. Por ejemplo, el presidente de la república es el político más y mejor informado del país y ni modo de ignorar el terrible y espantoso desencanto social causado en los 8 meses y medio del gobierno de MORENA en Veracruz.

Durante muchos años, Javier Duarte hizo y deshizo a la sombra de Enrique Peña Nieto. Incluso, hacia el año 2013, en el tercer año de aquel sexenio, la Auditoría Superior de la Federación (Juan Manuel Portal el titular) denunció por la vía penal en la Procuraduría General de la República los primeros desvíos de recursos federales cometidos en el duartazgo.

Y si nunca la PGR ni la secretaría de Hacienda y Crédito Público (Luis Videgaray Caso) procedieron fue porque desde Los Pinos Javier Duarte estaba blindado.

Ya se conocerá, entonces, el límite de la tolerancia, la prudencia, la mesura y la integridad de AMLO ante su gobernador jarocho.