Mi padre, el campesino

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  • Cada año sembraba maíz y frijol en su parcelita ejidal, una parte para vender y otra para el autoconsumo
  • Un día mi madre corrió a vender el periódico en la tienda de la esquina para servir los sagrados alimentos

 

Luis Velázquez

 

Cada año mi padre sembraba maíz y frijol en su parcelita ejidal. La mitad del cultivo era para venderse en la tienda de la esquina y guardar los centavitos para el transcurso del año y la otra mitad, digamos, para el autoconsumo y también para vender en una emergencia.

Cada año, una recámara en la casa se destinaba para guardar el maíz y el frijol cosechado, de tal manera que la familia se distribuía en la salita y el comedor para dormir, apretujando los muebles tlacotalpeños en un rincón.

Así, al día siguiente, cada día de todos aquellos años, apenas amanecía todo mundo a levantar la camita de doblar y guardarla por ahí y a colocar los muebles de la sala y el comedor, una mesita para seis personas en su lugar.

Un año, sin embargo, el precio del maíz y del frijol se desplomó y el año siguiente también y el siguiente de igual manera.

Y entonces, mi padre comprobó que comprar el maíz y el frijol en la tienda para comer todos los días era más barato, y por tanto, dejó de sembrar y la casa dejó de ser un revoltijo como cada año.

Pero, al mismo tiempo la vida se volvió más dura, como por ejemplo, aquellas ocasiones cuando mi madre tomaba el periódico que mi padre leía todos los días y se guardaba por ahí para venderlo en la tienda y así poder comprar un kilito de frijol, un kilito de arroz, medio kilito de café, medio kilito de azúcar, para la comida de los hijos y de ellos mismos.

Una vez, vendió el periódico para que uno de los hijos viajara del pueblo al puerto jarocho a tomar las clases del día en la escuela comercial que entonces cursaba, porque el dinerito de mi padre en el molino de nixtamal era insuficiente.

De aquellos tiempos conservo una carta que el abuelo paterno envió a mi padre donde lo confortaba con sus palabras llenas de cariño y comprensión y le ofrecía el apoyo que le podía dar un hombre también campesino.

ATRAPADO; PERO CON SALIDA

 

Desesperado, mi padre quería vender el molino de nixtamal y tomar camino como migrante a Estados Unidos, pues uno de sus hermanos lo había precedido y sentía que su familia estaba mejorando con el dinerito que cada mes les enviaba.

“Sigue empujando la carreta” escribía el abuelo a mi padre, “y no cometas el error de vender el molino. Sigue luchando, porque la vida es una lucha diaria. Ten fe en ti mismo y lucha por tu esposa y tus hijos que toda lucha es recompensada”.

Por fortuna, mi padre continuó empujando la carreta y durante años el molino sirvió de una fuente, digamos, equilibrada de ingresos que alcanzaba para ir viviendo con la precariedad que tal significa en un pueblo pequeño donde existían seis, siete molinos, todos compitiendo por el mercado.

Incluso, con aquella carta del abuelo mi padre sufrió una transformación en su ánimo guerrero, porque siempre decía, orgulloso:

“Soy un molinero. Y todos los días lucho por ser el mejor. Quizá nunca lo logre; pero lucho”.

Y la verdad era el mejor molinero, porque algunas señoras que vivían en el otro extremo atravesaban el pueblo para llevar su maicito a moler.

Entre las 2 y 3 de la mañana mi padre se levantaba todos los días, se daba un baño y se iba a su chamba para armar el molino y estar listo para iniciar la molienda a las 3 y media, antes, mucho antes de que el camión recolector de la basura comenzara su tarea.

Gracias al molinito aquel donde mi padre se fregó el lomo durante tantos años, los hermanos pudimos estudiar un poquito más, pues de lo contrario, ahí nos hubiéramos quedado, como molineros y/o como jornaleros agrícolas, atrapados y sin salida en la incertidumbre y la zozobra.